La SENSIBILIDAD, una chispa que nos mueve (Rimer Delgadillo)
“Jesús
volvió a tomar la palabra y le respondió: Un hombre bajaba de Jerusalén a
Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron de todo, lo hirieron
y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un
sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y
siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él,
lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con
aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un
albergue y se encargó de cuidarlo”.(San Lucas 10,30-34).
Alguna vez en nuestra vida hemos sido
testigos de algún acto de amor, hacia una persona que ha estado pasando una situación
difícil. Es lo que refleja la parábola
del buen samaritano. ¿Pero que hace que haya personas que en dichas
situaciones pasen de largo como si nada pasara? Tiene algo que ver su historia
de vida, sus experiencias, sus valores, virtudes, prioridades, personalidad…
¿Qué hay detrás de un acto de amor hacia el prójimo? ¿Que enciende esa chispa
que nos conmueve tanto que lo realizamos sin pensarlo?
La sensibilidad
es el punto de partida, aunque su carencia sea lo que se percibe primero en
nuestra sociedad, se nos podrá venir a la mente, de manera inmediata algunos de
nuestros líderes políticos y empresarios, que solo buscan sus propios intereses
personales. La verdadera cuestión es mirarse a uno mismo y preguntarse ¿qué tan
sensible soy yo? con mis padres, pareja, hijos, hermano, familiares y demás,
con sus sentimientos y necesidades. Y de qué manera particular hemos visto
semanas atrás, en nuestras ciudades la insensibilidad de muchas personas, que
superando el covid-19 no se presentaban
a donar plasma inmune, para ayudar a los que sufren de esta enfermedad en estos
días. Del mismo modo que en la parábola, vemos algunas personas que sufren de
alguna necesidad y más aún en esta situación de cuarentena, solo los vemos y
pasamos de largo, no somos capaces de sentir y reconocer en el prójimo la
presencia de Dios.
Pero en realidad ¿qué es ser sensibles? es la capacidad que tenemos los seres
humanos para percibir y comprender el estado de ánimo, el modo de ser y de
actuar de las personas, así como la naturaleza de las circunstancias y los
ambientes, para actuar correctamente en beneficio de los demás.
(Christopher 2016). Muchas personas dentro de la misma iglesia, hemos perdido
la sensibilidad espiritual y humana, que por tal razón se nos hace difícil
expresar, el amor de Dios a los demás.
¿Qué hace que seamos más sensibles unos más
que otros? en eso tiene mucho que ver nuestra educación, valores, prioridades y
principios personales, los cuales se van desarrollando desde nuestra niñez y
siguen hasta nuestro último día de existencia en esta vida terrenal. Por eso,
es de vital importancia tomar atención los ejemplos de vida que van siguiendo
los niños, qué vídeos miran, qué canciones o voces que escuchan, qué juegos
realizan y nosotros mismos como jóvenes o adultos, es interesante por ejemplo
como determinadas melodías pueden cambiar en un instante nuestro estado de
ánimo.
Ahora bien hay que preguntarnos ¿qué cosas
nos están impidiendo, ser sensibles? Será nuestro egoísmo y el afán por
conseguir bienes materiales, llegando a importar, poco o nada el prójimo, de
tal manera que vamos arrasando con todo a nuestro paso, con tal de seguir
sumando más y más. Nuestros rencores y heridas no sanadas por falta del Perdón.
Nuestra falsa fortaleza y un corazón endurecido, por experiencias
desagradables. Nuestros prejuicios y temores, que nos cuesta atrevernos a
cuestionarlos.
Con todo esto poco a poco vamos perdiendo esa
capacidad de sentir, no solo el dolor ajeno, también la alegría y el amor e
incluso, ya no somos capaces de sentir la misma presencia de Dios entre
nosotros.
Algunos seguimos creyendo que el ser
sensibles es sinónimo de debilidad, ya sea evitando no sentir, o bien, hacerlo
solo a escondidas. Más al contrario el ser sensibles es sinónimo de fortaleza y
no de debilidad. No me refiero a una falsa sensibilidad, que se convierte en un
dramatismo exagerado, sino a esa que te moviliza a hacer algo por el otro
promoviendo que su situación mejore. No solo con hechos materiales sino también
con bienes espirituales, como el orar por el prójimo y acercarle más a Cristo.
Muchas veces dejarse llevar por lo más fácil
y cómodo, es la muestra más clara de insensibilidad, hacia todo lo que afecta
nuestra vida. No dejemos que lo urgente, nos impida no tener tiempo para lo que
sí es importante. Es ahí donde debemos ser más sensibles, en las cosas de mayor importancia.
Ahora para comprender la importancia de esta
virtud, necesitamos recordar que en distintos momentos de nuestra vida, cada
uno de nosotros hemos buscado afecto, comprensión y cuidados, sin encontrar a
ese alguien que muestre interés por nuestras necesidades en particulares
circunstancias. ¿Qué podríamos hacer si viviéramos aislados? La sensibilidad
nos permite descubrir en los demás a ese “otro yo” que piensa, que siente y
requiere de nuestra ayuda, por ello vivir la sensibilidad significa, vivir en
comunidad, no aislado solo o en un sectarismo.
Cabe recordar que la sensibilidad nos hace ser más empáticos,
participativos, nos hace despertar hacia
la realidad, nos hace descubrir todo aquello que afecta en mayor o menor grado
al desarrollo personal, familiar y social, nos hace sentir que podemos hacer
frente a todo tipo de inconvenientes, con la seguridad de hacer el bien
poniendo todas nuestras capacidades al servicio de los demás, nos llena de
expectativas. Ella nos hace volver a soñar, volver a creer en el amor, en las
relaciones afectadas, en las nuevas oportunidades y en nuestro potencial, nos abre un camino de esperanza y al
propósito de Dios para nuestra vida, nos lleva a reconciliar a otros con Dios.
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